jueves, 12 de julio de 2018

Caminantes en la arena.


Ella me miraba molesta, con mala cara, como queriéndome agarrar a patadas.
Yo no entendía por qué me odiaba tanto, sí apenas nos conocíamos.
—Con él irás a traer agua de mar. —Le ordenaron a ella. Ella me miró de reojo, desconfiada, seria, molesta.
—Pero siempre voy yo sola a traer agua. ¿Por qué tengo que ir con él? —Alegó ella, mirándome como cualquier cosa.
—Porque yo te lo ordeno carajo, y no me preguntes más. —Le respondió la supervisora.
Ella bajó la mirada, se quedó en silencio y asentó con la cabeza. No dijo nada más.
Yo me preguntaba si había sido mala idea que me envíen con esta chica que claramente era una chica de cuidado. Ojalá no me agarre a golpes, me ahorque o ajusticie en el camino, pensé.

En mis vacaciones de verano, había conseguido un trabajo en una fábrica de conservar de pescado en Paracas. La fábrica estaba algo cerca al Mar.
Un buen amigo me ayudó a conseguir ese trabajo, quería trabajar y con ello poder tener para los gastos que un joven de catorce años ya tenía, como comprarme jeans, polos y zapatillas, y de vez en cuando invitarle algo a una chica. Me había costado convencer a mi padre que me de permiso de trabajar. Me hizo prometer que él no me estaba presionando ni forzando a trabajar, ya que era aún menor de edad. Hizo que repitiera delante de él: "No me estás forzando a ir a trabajar, estoy yendo porque yo deseo y quiero hacerlo por mi propia voluntad"
Y así empecé a trabajar, con la satisfacción que daba saber que podrías conseguir cosas con tu propio trabajo.
Nos ordenaron a ella y a mí, caminar hasta una playa algo lejana y traer agua de mar. Ella era una chica dos o tres años mayor que yo. Ese día era la primera vez que la veía. Me gustó que fuera tan seria, reservada y callada, pero no que me mirara con cara de asesina.
Nos dieron dos baldes medianos trasparentes que debíamos traer llenos con agua de mar. Mi compañera de trabajo era una chica que por momentos se le podía ver una mirada bonita y tranquila, muy seria y segura de sí misma. Las cosas que hacía, las hacía con seguridad, determinación y firmeza.

Salimos de la fábrica y empezamos a caminar hasta la lejana playa que estaba como a 1000 metros de distancia de la fábrica, al menos eso parecía.

Era verano, empezamos a caminar hasta la orilla del mar, por momentos hundiéndonos en la arena, esquivando piedras, subiendo y bajando pequeñas dunas y arena que se nos metían en las zapatillas, el Sol brillante encima de nosotros, el aroma a mar que me encantaba, y cierto viento que a veces nos daba en el rostro. A lo lejos veíamos el reflejo del mar, y encima de él las gaviotas volando en la playa, haciendo del paisaje una vista inolvidable. Al inicio no hablamos nada, todo era silencio, solo se escuchaba el silbido del viento cerca a nuestras cabezas.
Yo seguía caminando, mirando de tanto en tanto la playa a la distancia, para ver cuánto habíamos avanzado. Al rato ella me empezó a hablar, pero no la podía escuchar bien por el sonido del viento y la distancia prudente que yo mantenía de ella, no vaya a ser que se le vuelva a pasar por la cabeza agarrarme a patadas. Me acerqué prudentemente a ella, y empecé a escucharla, ya estaba más calmada, ya no gritaba ni me miraba con su cara de asesina, como en la fábrica.
Ella mientras caminaba me decía que se había quedado con hambre, porque ese día solo había traído para el refrigerio un racimo de uvas y una botella de con refresco de maracuyá, y que esperaba la salida para ir a casa y cenar la comida de su madre.
Ya no estaba molesta, se le sentía más tranquila y amigable, como si salir a caminar en la arena la relajara y la hacía olvidar los malos momentos del trabajo. Yo la veía como me conversaba con naturalidad y soltura, casi rozando con el encanto, como si ya me conociera de mucho tiempo, mirando siempre al frente, pero era la primera vez que nos veíamos y caminábamos en la arena juntos.
—Discúlpame, en la fabrica te traté con rudeza y muy mal. Lo siento. —dijo ella bajando la mirada, sin dejar de caminar—. Imaginé que serías uno de eso tantos chicos que jode y jode, y que no paran de hablar en todo el camino, pero veo que no eres así.
—No hay problema. Yo no hablo mucho, sólo lo necesario y justo. —Le dije calmadamente, sin dejar de mirar al frente.

El camino hasta la playa parecía cerca, pero conforme íbamos caminando parecía que la playa de alejaba cada vez más y más. Era verano y el Sol de la tarde nos quemaba bonito el rostro y los brazos, sin llegar al punto de hacernos daño, al contrario, era un Sol tenue y amigable, cariñoso y delicado. 
Caminábamos pisando caracoles secos, arena con conchuela blanca y surcos de arena. Saqué de mi bolsillo una pañoleta azul y me la amarré en frente. Las gaviotas pasaban relajadas por encima de nosotros, como si no les importara nuestra presencia, cómo si supieran que eramos inocentes humanos. Caminábamos sin ninguna prisa, muy tranquilos, con calma sin dejar de ver el mar a lo lejos. Cuando mirábamos hacia atrás, veíamos la fábrica que se hacía cada vez más pequeña, como si nos estuviésemos perdiendo en la lejanía. Caminábamos y caminábamos, y luego de caminar cerca de una hora llegamos a la playa. El mar en toda su inmensidad era de un azul claro, y la playa era muy calmada y pacífica, la arena y toda la playa era muy limpia y tranquila, como si nadie nunca hubiera venido a ella. Nos dejamos caer y nos sentamos en la arena por un momento, a descansar del largo camino. Miramos el mar en silencio, sin decir nada por un buen rato, solo mirábamos el mar sin decirnos nada, sólo escuchábamos las olas, las gaviotas, el viento, y todos esos sonidos de la playa mezclados hacían una combinación mágica y tranquila, inolvidable e increible.
Ahora entendía por qué a ella le gustaba venir sola a esta playa, porque era una playa mágica, calmada y bonita, que hacía que te quedaras con la boca abierta, que deseabas venir a ella solo, o en buena compañia. No había muestras de que el hombre en multitud había estado en ese lugar.
—Me gusta venir sola, quedarme en silencio, mirar todo el mar y sentir el viento en la cara. —Dijo ella, con tranquilidad, como si quisiera cuidar este pequeño lugar de playa de los demás. Y en ese preciso momento la comprendí totalmente. Me sentía como afortunado de poder haber conocido aquella playa lejana.
Ella me miró por un momento, con una mirada calmada y tranquila, sin decirme nada, pero me bastaba con ver su rostro para saber lo que quería decir, que se sentía muy bien venir a esta playa y mirar el mar en silencio, sentir el Sol en tu rostro y el viento en tus cabellos.
Así nos quedamos por largo rato, en silencio y en calma, contemplando el mar, y dejando que el Sol y el viento acaricien nuestra piel.

Mi compañera, al rato se puso de pie, se sacudió la arena, y nos empezamos a sacar las zapatillas para poder entrar al mar. Me subí el pantalón hasta las rodillas. Ella se sacó el pantalón, debajo llevaba puesto un short. Sólo la miré sin decir nada, me agradaba mucho que ella sea así, reservada, seria, segura, y resuelta, aquello le daba un encanto personal.
Entramos al mar, sintiendo el agua helada y la arena en los pies, con los baldes en las manos. El agua de la playa era limpia y clara, calmada y tranquila.
—Trata de llenarlo sin que entre yerba. —Me dijo ella.
Llené el balde con agua y empecé a caminar a la orilla cargándolo. Al llegar a la orilla lo cerré con la tapa. Nos sentamos en la arena y nos pusimos a mirar el mar de nuevo, embobados sin decirnos nada. Son esos momentos en que las palabras sobran, y sólo te queda sentir.
—¿Ya has venido acá, a traer agua de mar? —Le pregunté.
—Sí, ya he venido, he venido sola. Me gustaba venir sola. Pero ahora me gusta haber venido contigo. —Dijo ella con serenidad, sin dejar de mirar al mar. El Sol nos daba en el rostro, yo acariciaba la arena con mis manos y con mis pies. Me quedaría todo el día aquí, pensé. Mirando el mar, las olas, las gaviotas, sintiendo esa brisa salada en el rostro.

Nos pusimos de nuevo las zapatillas y nos quedamos viendo el mar, como despidiéndonos de él. El viento suave nos daba en el rostro y nos ponía el cabello hacia atrás. Nos pusimos de pie, le dimos la espalda al mar y empezamos el camino de regreso a la fábrica, cargando los baldes con agua de mar sobre las pequeñas dunas. Empezó a hacer viento que hacía un ruido extraño, como un silbido misterioso. —Sólo cerca al mar el viento sopla de esa manera, pensé.
Mientras caminaba sobre la arena comprendí por qué ella deseaba venir sola aquella playa lejana. Hay ocasiones en que uno desea estar solo consigo mismo, donde más a gusto se sienta, estar en paz y tranquilidad. Creo todos alguna vez hemos buscado eso, estar solos y en paz.
Deseo que pronto me envíen de nuevo a traer agua de mar. Es un trabajo que no parece trabajo, parece un paseo, un bonito regalo, una bonita experiencia que me gustó haber vivido, pensé.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Aquel perdón no era suficiente.



Capítulo II : Desahogo ajeno.

¡Yo no quiero que me pida perdón!  ¡¡Yo lo que quiero es que se muera!! –gritó ella apretando fuerte su vestido con sus manos, como queriendo romperlo–. ¡Lo que ha hecho nunca se lo perdonaré, nunca, jamás en mi vida!

Yo cada vez me preocupaba más de verla así tan furiosa, con tanta ira. A Laura nunca la escuché expresarse así, pero hoy era un día en que aquellas palabras le salían desde adentro, y no se avergonzaba para nada en decirlas.

Capítulo I : La ausencia de su presencia.


Cuando llegué a la iglesia, algo tarde, Micael estaba parado en la puerta, esperando que llegue su novia y poder recibirla. Lo saludé con cariño, nos dimos la mano, él me sonrío pero percibí cierta tristeza en su mirada, cierta preocupación en él, pero como había llegado algo tarde no quise ahondar más con preguntas incomodas. Entré y me senté en el lado del novio, mientras recuperaba el aliento y saludaba a algunas personas presentes en la iglesia.
A Micael lo conocí muchos años atrás cuando trabajaba en la Aduana, yo era bastante joven y él algo mayor que yo. Tenía que presentar un informe escrito de unos equipos dañados y por mi poca experiencia estaba nervioso de saber si había hecho bien el informe o no. De todos los compañeros que tenia, solo él se me acercó y me preguntó si podía ayudarme en algo. Su nobleza de persona se le podía percibir en su manera de tratar y en su voz.
–No sé si he hecho bien este informe. –dije bastante preocupado.
–No te preocupes, yo te voy a ayudar. –dijo calmadamente. Él lo leyó, me pidió que nos sentáramos y empezó a corregirlo con su lapicero, en minutos lo termino de corregir.
–Está bien, la descripción está perfecta, llena de detalles, sólo he corregido el tiempo cronológico en que han sucedido las cosas, lo demás está bien, escribes muy bien. Imprímelo y preséntalo al toque. –dijo sonriendo, dándome palmadas en el hombro.
Lo volví a imprimir, lo firmé y él me acompaño a presentarlo a la gerencia. Mientras caminábamos a la gerencia, él me contaba que la semana próxima era su cumpleaños y que le gustaría mucho que esté yo presente. Encantado, le dije. Desde aquel día nos hicimos amigos, desde aquel día no dejamos de estar en contacto.

Y hoy, años después, está parado ahí en la puerta de la iglesia esperando a que llegue su novia de hace más de tres años.
Con el transcurrir de los segundos fui entrando en calma y recuperando la tranquilidad de haber llegado tarde y casi corriendo. Me di cuenta que algo no estaba bien. Que algo faltaba y que algo carecía en aquel lugar. En el ambiente se percibía cierta angustia y ansiedad. Los invitados del lado de la novia se susurraban cosas al oído, y uno que otro valeroso miraba hacia afuera y observaba a Micael. Luego me di cuenta que Micael no debería estar parado en la puerta, y pensaba que debía estar parado cerca al altar, esperando a que el padre de Jenny la novia, la entregue en aquel lugar. Pero, no estaba ni el padre de la novia, y lo que es peor; no estaba ni la novia.
Miré mi reloj y eran las 11:45 de la mañana, y recordé que en la invitación decía que la boda sería a las 11:00 en punto. Micael llevaba esperando ya 45 minutos en la iglesia y la novia no se aparecía. Puta madre, dije. Me puse de pie y me acerqué a Priscilla la prima de Micael, la saludé. Ella estaba pálida, mirando fijamente la imagen de Jesús, cómo rezando en silencio. No sabía cómo preguntarle, que pregunta usar para no joder más el momento. Me quedé pensando unos segundos que decirle, sin parecer entrometido y atrevido.
–¿Sucede algo malo? –Le pregunté. Priscilla no volteó a verme, respondió sin dejar de ver la imagen de Jesús fijamente, como hipnotizada.
–La mierda esa no se aparece aún. –dijo secamente. Cuando dijo “La mierda esa” se refería a la novia.
La chica que estaba a su lado le dijo algo al oído y ellas se miraron un momento, y luego volvieron la mirada bruscamente.
–Priscila, las novias siempre demoran en llegar. –dije. Luego me sentí un reverendo huevon de decir eso.
–Sí ella no llega en cinco minutos el cura empezará la siguiente boda –Dijo Priscilla apretando los dientes–. Ni siquiera ha llamado, ni para avisar que está en camino. La he llamado y su celular está apagado. Esta cojudez va a terminar mal.
Laura, la hermana de Micael se acercó delicadamente a Priscila su prima y le pidió que la acompañe al altar para hablar con el cura. Laura  me vio y me saludó con un beso prolongado en la mejilla, me tomó de la mano, la apretó fuerte y caminamos con su prima Priscilla hasta donde estaba el cura.
El cura estaba con las manos juntas, con la mirada baja, al llegar a él, su expresión era la de un ser desprovisto de todo sentimiento, nos miró muy serio y casi ni se movió.
Nos hizo una seña para que lo acompañemos a un lado del altar, se puso las manos en la cintura. Esto nunca ha sucedió en mi iglesia, jamás, señoritas –dijo muy molesto.
–Soy la hermana del novio, padre. Y esto tampoco esperábamos que suceda. –Dijo Laura haciendo una mueca de rabia, con los ojos brillosos.
El cura, resoplo varias veces, como buscando que decir, que solución dar.
–Padre, por favor, espere sólo quince minutos más, se lo pido con el corazón. –Pidió Laura juntando las dos manos en señal de suplica. El cura respiró profundo y asintió con la cabeza.
–Está bien hija, quince minutos, luego ustedes saben que esto tiene que seguir.
­–Sí padre, muchas gracias. –dijo Laura. Se volteó y caminamos disimuladamente, sin perder la calma hasta las bancas.
Ella no me soltaba de la mano. O quería apretar algo por la angustia o simplemente se había olvidado que tenía mi mano en su mano.
–Yo sabía que esta cojuda era muy puta, pero con esto la muy mierda ya se coronó todita. –dijo Laura, refiriéndose a la novia. Su prima Priscilla murmuró algo ineludible que no llegué a escuchar, pero estoy seguro por sus expresiones que no eran en defensa de la novia.
Nos sentamos, y Laura sacó de su cartera su celular con solo una mano y empezó a llamar. Pude escuchar en aquel silencio que era todo el templo que respondió la casilla de voz.
–Puta madre –dijo Laura despacio–. Esta mierda no va a venir. No va a venir. Y dejó caer su brazo con el celular en el. Cerró sus ojos, e hizo una expresión de resignación. Le pedí casi susurrándole y con cariño que soltara mi mano, ella me soltó sorprendida, disculpándose.
–No hay problema, no te preocupes. Priscilla empezó a llorar en silencio, lágrimas corrieron por sus mejillas. Se las secó resignada, con cólera.
Los invitados del lado de la novia que eran pocos, empezaron a retirarse disimuladamente, en calma, tranquilos, tratando de no hacer ruido, casi caminaban en puntitas. Como escapando de un futuro linchamiento, reproche, mentada de madre o maldición.
Todos nosotros observábamos calladamente como uno a uno se ponían de pie y empezaba a retirarse sin decir nada. Miré a la puerta de la iglesia y vi que Micael los despedía, les daba la mano con beso en la mejilla a los que se iban. Aquella escena, aquel acto de nobleza de él me partió el corazón, viéndolo cómo aún parado en la puerta él despedía con amabilidad y cariño a los familiares de la novia. Laura se dio cuenta que mi mirada estaba llena de impresión. Volteó y vio como su hermano seguía en la puerta, despidiendo a los que se iban. Ella se puso de pie, caminó furiosa hacia la puerta. Camine detrás de ella.
–Micael, ya no, ya basta, basta de tanta bondad, deja que se vayan así. –dijo Laura y lo jaló hacia un costado.
Él estaba con la mirada perdida, pero se daba momentos de atención para escuchar y responder. Movía la cabeza, diciendo no. Estaba con la mirada triste, tenía la mirada más triste que le había visto en ocho años de amistad.
–Algo debió pasar, algo le debió pasar a ella. –dijo él, tratando de disculpar a la novia.
Laura se lo llevó adentro a un costado. Le desajustó la corbata, y se veía que le decía algunas cosas mientras le tomaba las manos.
En la iglesia solo quedábamos los invitados del novio, el lado de la novia estaba vacío, y hasta parecía que le habían pasado una escoba de lo limpio y pulcro que estaba. Todos los que quedaban estaban ya de pie mirando hacia afuera sin saber qué hacer. El cura ya se había retirado. Miré mi reloj y eran las 12:17 pm, en ese instante me dije que todo estaba perdido, la novia no iba a llegar.

Micael me presento a su novia años atrás, en un matrimonio. Era una chica de ojos avivados, mirada inquieta, risueña, extrovertida, guapa, muy agraciada, y de sonrisa contagiosa. Se notaba que Micael estaba muy enamorado de ella. Él la llenaba de cuidados y le procuraba todo para que esté bien atendida y tranquila. Aquella noche que me la presentó, ella me miró fijamente, y puede percibir en su mirada, que ella guardaba un secreto, algo que Micael no sabía. Nunca se lo comenté a él, no vi conveniente comentarle aquel presentimiento. Pero con el tiempo, si se lo comenté a su hermana Laura. Le pregunté si ella notaba algo raro en la novia de su hermano. Ella me miró bastante extrañada. ¿Por qué tú y Priscilla perciben lo mismo? ¿Por qué yo no percibo eso? Me preguntó. Yo para mis adentros pensaba que, si pudieras ser más serena, tener calma y serenidad quizá lo notaras. Dijo que su prima le había dicho lo mismo. Que desde un inicio notaba algo raro en ella, algo que no llegaba a entender.
–¿Acaso ustedes saben algo de ella y no quieren decirlo? –preguntó Laura, extrañada.
No. Solo es presentimiento extraño que tengo sobre ella, nada más.

Dentro de la iglesia, a un costado de la puerta, estaba Micael, lloraba en silencio, calmadamente, resignado, sin hacer gestos desesperados, sólo dejaba salir las lágrimas serenamente. Laura su hermana, le secaba sus lágrimas con un pañuelo amarillo. Me acerqué a ella y le dije que debíamos sacar a Micael de este lugar. Ella asintió con la cabeza, llamó a Priscilla y le pidió que trajera su auto. Antes que nos subamos al auto se apareció el hermano de la novia, se acercó a Laura y le dijo algo al oído, ella no lo miró, solo tomó atención a lo que le dijo, luego ella respiró profundo y no le respondió nada. Sólo se quedó pensando por unos segundos, mirando al vacío. El hermano se retiró en calma. Llegó Priscilla con el auto, Laura y Micael subieron en la parte trasera, yo en el lado del copiloto. Priscilla manejaba cómo una loca, muy rápido, furiosa, como huyendo y escapando de algo, estaba con gafas de sol, pero se le notaba que lloraba. No me atreví a decirle nada, por temor a que me mande resueltamente a la mierda. Frenó bruscamente en un semáforo en rojo.
–No nos vayas a matar carajo, antes tenemos que saber y hacer algo. –Dijo Laura levantando un poco la voz. Me puse mis jafas de sol, y pensé que este día sería muy largo.


Capítulo III: Hablando de amor y desamor.

 
A mi costado Priscilla manejaba como una demente. Hacía los cambios como si estuviera haciendo piques en la costa verde. Se había levantado su vestido muy ceñido hasta las pantorrillas, y manejaba muy bien los pedales con sus tacos. Era increíble ver cómo una chica tan femenina, frágil y delicada podía conducir tan arrebatadamente, como si fuera un chofer de camión. Yo la miraba discretamente a través de mis gafas de sol, y por una extraña razón que no comprendía, me gustaba ver como una chica así, podía manejar de esa manera, con una mezcla precisa de furia y delicadeza, de brusquedad y feminidad, de arrebato y encanto.
Dejé de verla, no quería que me descubriera que la veía así, con ojos de admiración y con cara de huevón a la vela. Empecé a mirar por el espejo lateral del auto, y me vi pulcramente vestido con camisa blanca, saco y corbata. Pensé que ya no era necesaria tanta formalidad. Todo se había cancelado. Así que me desajusté la corbata y el botón de la camisa. Priscilla, Laura y Micael iban en silencio, cada uno con sus pensamientos internos. Me ponía a imaginar en qué estarían pensando ellos, y era casi seguro que cada uno tenía pensamientos y deseos personales muy distintos a los demás.

Cuando eran muy jóvenes, Priscilla y Micael habían tenido alguna especie de relación amorosa, que supieron mantener secretamente, y que sólo los hermanos y primos muy cercanos sabían. Pero ellos eran conscientes que no podían hacer de ese sentimiento una relación formal, y ni mucho menos hacerla formal en la familia, y así, con el pasar de los años y el tiempo decidieron dejar ese amor.
A sabiendas de esto, algún primo o prima liosa, intrigante e indiscreta (que nunca faltan a tu alrededor) se encargó de decírselo y ponerla en aviso a Jenny, la novia, y claro se lo contó a su manera, en una versión personal, extendida y exagerada, que ella al enterarse no lo tomó nada bien. Quiso terminar la relación con Micael, no lo quiso ver por algún tiempo, argumentando que él se lo había ocultado y que nunca tenía pensado contárselo. Con el pasar de los días él puedo convencerla de hablar y hacerle comprender que aquel amor, sólo fue un amor de jovencitos, de adolescentes, y que de aquel amor ya no quedaba nada. Por esa razón Jenny le agarró un odio desmedido a Priscilla. Nunca la saludaba, nunca le hablaba y nunca quería estar cerca a ella, y le prohibió a Micael acercarse a ella y que ni siquiera le hablara. Pero esa petición era casi imposible e inevitable de cumplir, siempre coincidían y se encontraban en reuniones familiares, cumpleaños, velorios, y a veces se acercaban y charlaban un rato tranquila y discretamente.

Laura le preguntó a Priscilla que a donde estaban yendo. Priscilla la miró por el espejo retrovisor. “No sé, yo sólo manejo, supongo que ustedes me iban a decir dónde iríamos” dijo ella. Yo para mis adentros tenía ganas de  agarrar del cuello a Priscilla, y estrangularla (con cierto placer) por manejar así, como una loca, por más de media hora, y encima sin destino.
Durante ese trayecto la wedding planner había llamado tres veces a Laura. En la primera Laura le canceló la llamada. En la segunda Laura le dijo "Te llamo en un rato, estoy manejando" mintió, y le cortó. En la tercera llamada ya Laura tenía ganas de mandarla al cacho. Le contestó molesta "Te he dicho que yo te llamo en rato, no estés jodiendo con tantas llamadas por la ptm" La wedding planner dijo con voz preocupada "Me han dicho que algo terrible ha sucedido y que ya no habrá boda, ni ceremonia, ni celebración"
Priscilla y Laura se miraron las caras y comentaron en voz alta que quien carajo le habría contado, si ella no había estado en la iglesia.
–¿Quien mierda te ha dicho eso? –Le preguntó Laura a la wedding planner.
–Éste, son asuntos profesionales señorita Laura. ­–respondió–. Dejando salir una risita corta.
–¿Así? Fíjate que hoy más que nunca me llegan al rábano tus asuntos profesionales. Yo te he contactado. Yo te he contratado, y sólo a mí me debes dar cuenta. ¡Así que ahora me dices quien carajo te llamó para decirte eso¡. –Gritó Laura furiosa al teléfono.
–Esté, esté.. señorita Laura, su lenguaje, por favor, mis fuentes son privadas, yo soy una profesional en este campo y no puedo delatar mis fuentes. –trató de defenderse la wedding planner sin nombre.
–Mira enana de mierda, me llegan tus fuentes, me dices quien carajo te llamó o no te cancelo el porcentaje que aún queda pendiente y que según acordamos debo hacerte la transferencia a mi llegada a la recepción.
–Esté, esté, señorita Laura usted es una dama, una señorita correcta, una princesa encantada, no puede hacerme eso.
–¡Todito lo dama, correcta y señorita se me va a quitar hoy contigo si no me dices quien carajo te dijo eso!. –Gritó por el celular. Yo nunca la había visto tan molesta y posesa a Laura. Me encontraba en serios problemas, tenía una loca al volante y otra loca en la parte de atrás, ya era demasiado. Nunca pensé que asistir a una boda podría ser tan peligroso. Por unos segundos me daban ganas de decirle a Priscilla que me bajaba en la siguiente esquina.
La wedding planner hizo un silencio prolongado, como meditando qué decir. Laura seguía atenta al celular. Lágrimas de cólera corrían por su rostro maquillado. Micael en silencio las trataba de secar. A ella poco le importaba echar a perder su maquillaje.
–Fue la señorita Jenny. Fue ella. –Dijo la wedding planner­–. Ella me llamó y me dijo que todo se cancelada.
Todos nos miramos las caras. Nos quedamos sorprendidos con la boca abierta. Micael trató de tomar el celular. Laura le hizo una señal, como que se calme, que ella se encargaría. Recién teníamos noticias de la esquiva, esperada y solicitada novia fugitiva.
Priscilla no dejaba de mirar a Micael, y no miraba la pista por donde manejaba. Yo miraba la pista y la miraba a ella, esperando a ver cuando miraba por donde manejaba, ella seguía mirando hacia atrás, como esperando una reacción de Micael. Yo con delicadeza y sin decir una palabra volteé su lindo rostro hacía la pista, para que no nos mate en plena Javier Prado. Pero yo ya antes había tomado el freno de mano, el que fui soltando poco a poco.
–Ésta mierda no tiene el valor de llamar a Micael para decirle que no llegará a su boda, pero si llama a la wedding planner para avisarle que todo se cancela. Que fresca es ésta mierda. –Dijo Laura agarrando fuerte un asiento con su mano.
Micael hizo señas y pidió con cariño que no hablarán así de Jenny, su frustrada esposa y ahora ex novia.
El celular seguía funcionando y seguro la wedding planner se ganó con todo lo dicho.
Gracias por la información. ­Agradeció Laura y colgó la llamada.

El día que conocí a Laura, fue en el día de su cumpleaños, Micael me invito a la fiesta. Ella lo celebro en una discoteca que se encontraba discretamente ubicada cerca al mar de Barranco. Cuando llegué me encontré a Micael en la puerta. Para mi sorpresa, desconcierto y estupefacción los señores de seguridad me anunciaron que tenía que pagar 25 dólares por el ingreso. Casi en shock y en una solo pieza caminé hacia la caja y pagué con el dolor de mi alma ese monto. Puedo jurar que por un momento miré la calle y me dieron ganas de irme en esa dirección. Era la primera vez en mi ajetreada vida que pagaba para entrar a un cumpleaños. Y todavía pagué al cambio en soles, cambio que fue exageradamente preferencial para la discoteca. No tuve tiempo ni oportunidad de hacer saber mi disconformidad de dicho cambio de moneda, no me podía poner en plan de devoto del santo del divino puño, ya que Micael estaba a mi lado, contuve las ganas de regresarme a mi casa. Así que maldiciendo para mis adentros ingresé a dicha discoteca, y rogué a Dios que los tragos no los vendan en Euros. Caminé y me senté en la barra y pedí un whisky doble con hielo para pasar el mal sabor que tenía en la garganta de haber pagado dólares para festejar un cumpleaños.
Al rato vino Micael acompañado de una chica muy guapa, era Laura, su hermana, me la presentó, la salude con cariño por su cumpleaños, me pareció una chica encantadora y distraídamente angelical. Esa noche ella me agarró de su pareja de baile por casi toda la noche. No sé que tengo yo en la cara que siempre quieren bailar conmigo. Desde ese día Laura y yo nos hicimos muy amigos, empezamos a salir, casi siempre nos veíamos, y me gustaba estar con ella. Ese mismo día de su cumpleaños, Laura hizo algo que se arrepentiría por casi toda su vida, le presentó a Jenny su amiga de la universidad a su hermano Micael. De todas las amigas que le presentó a su hermano, sólo con Jenny hubo algo que a Micael lo dejó encandilado y hechizado.
Cuando Laura se dio cuenta que su hermano y Jenny se estaban enamorando locamente, entró en pánico y vino a verme para tratar de hacer algo. Vino a mi departamento, y desde la calle empezó a tocar la bocina de su auto, salí por la ventana, y levanté las manos en señal de “¿Qué carajo pasa?” Ella desde abajo gritó “Tenemos que hablar urgente  Le hice señas para que subiera.
–Ella está usando sus encantos sensuales para enamorar a Micael. –Dijo Laura, preocupada, caminando de un lugar a otro.
–¿Y que chica no usa aquello para encantar? Pregunté sin pensarlo bien. Laura me miró con una mirada castigadora, cómo queriéndome hacer daño con ella.
Me preguntó si tenía algún trago. Abrí una botella de vino y nos sentamos en el piso a seguir conversando mientras brindábamos de rato en rato.
–Para esa huevada no hay nada que podamos hacer. –Le dije–.Y si intentamos hacer algo, será peor, más se enamorarán, más unidos querrán estar. Ella se jalaba de los cabellos arrepintiéndose, porque nunca llegó a imaginar que su hermano, un chico tan correcto, serio y centrado podría fijarse en una chica como Jenny, que era alocada, fiestera, borracha, despreocupada, y parrandera, que se amanecía en todas las fiestas a las que la invitaban y a las que no también.
–Creo que ya le jodí la vida a mi hermano. –Dijo Laura, abatida, con las mejillas algo rosadas por el vino–. Ésta cojuda de Jenny se tiró a casi todos los chicos de la promoción de la Universidad, y para variar también a dos o tres compañeras más. Sabía que era muy puta, al extremo de disfrutarlo sin ningún roche ni arrepentimiento, es una declarada aspirante a puta sin fines de lucro, y sabiendo eso se la presenté a mi hermano Micael. No sé que voy a hacer, suspiró. Ella me abrazó, como buscando consuelo, yo la abracé fuerte, pensando por un momento que la descripción que Laura había hecho de Jenny me parecía un tanto interesante. Cuando me di cuenta nos estábamos besando en el piso alfombrado. Desde ese día pasamos de ser buenos amigos, a más que buenos amigos.

Priscilla se dio cuenta que se estaba quedando sin gas, dijo que tenía que ir a un grifo para echarle gas a su auto. Al llegar al grifo le pidió al muchacho que llenara el tanque. El muchacho pidió que todos debíamos de bajar para poder abastecer, Priscilla con cara de relajada le dijo que lo llene así nomás, igual todos queríamos morirnos. El muchacho la quedó mirando asustado. Yo por dentro dije, no, yo no quiero morirme aún. Abrí la puerta y bajé. Los demás también tuvieron que bajar. Micael y Priscilla se fueron al autoservicio del grifo a comprar cigarrillos.
Laura y yo nos quedamos ahí al costado del auto. Cuando salí de casa había sol radiante, y ahora estaba todo nublado, como si fuera a llover.
Laura esta recostada de espaldas al auto, pensando, ensimismada. Me acerqué a ella, me puse a su costado.
–¿Y ahora qué hacemos? –me preguntó, sin dejar de mirar al vacio.
–Primero, acompañar a Micael hasta dónde él desee. Luego, lo que corresponde. Ir y tomarnos todo el trago que Micael compró para la boda. –dije tranquilamente. Laura se rió por un momento.
–¿Qué te dijo él, cuando se te acercó? –Le pregunté serio.
–¿Quien? –Preguntó Laura, dudando.
–¿Que te dijo el hermano de Jenny? cuando se te acercó afuera de la Iglesia. –Dije, haciéndole recordar.
Laura se quedó un momento en silencio, como no queriendo recordar, haciendo gestos de disgusto. Cruzó los brazos y resopló varias veces.
–Me dijo que sabía dónde estaba su hermana Jenny. Que si quería me lo podría decir, pero solo a mí. Yo no atiné a decirle nada, sólo me quedé callada. –Dijo Laura mirando a la distancia, pensativa.
–¿O sea, no te lo dijo? –pregunté.
–No, no me lo dijo. Además no me interesaba saber. Pero ahora, me dan ganas de saber, de ir y decirle muchas cosas horribles. –dijo Laura entrando en cólera.
–Si decides ir, prométeme que no irás sola. ¿Okay? –Le pedí.
Ella asentó con la cabeza, mirándome con tristeza, luego me abrazó, y empezó a llorar.
–Gracias por estar aquí, gracias por acompañarme. –me dijo Laura con la voz quebrada.

Continuará..